Y aquí estoy en la antesala de los cuarenta, con la vida más revolucionada que nunca. Viví un matrimonio, fui testigo, partícipe y sobreviviente de la pandemia más trágica de la historia de la humanidad, me tuve que despedir de mi mejor amigo, hermano y confidente quien no tuvo la misma suerte que yo en dicha pandemia. Descubrí y conocí lo impactante que puede llegar a ser darte cuenta que la persona en la que más confías es capaz de traicionarte, me divorcié, sobreviví la dura depresión post divorcio y así, golpeado y con los dientes rotos aquí estoy...sonriendo.
En el proceso de intentar levantarme redescubrí el significado de la lealtad familiar, los amigos e incluso los desconocidos que con un amor profundo y desinteresado cuidaron de mi, levantaron mis pedazos, secaron mis lagrimas y lo que es mejor, me amaron justo cuando ni siquiera yo me amaba.
Poco más de tres años después estoy completo, o lo más cercano a estarlo. Con las dolencias naturales de los "treinta y tantos", la intolerancia a la lactosa, los ataques de ansiedad y la hipertensión. De pronto la vida me estampó en la cara la realidad de tener que tomar una pastilla diaria por el resto de la vida que me quede.
A pesar de todo podemos decir que regresé, desde las cenizas como el ave fénix por más que suene a cliché de libro de auto ayuda. Mi circulo más cercano esta completo, tengo un trabajo estable que me da lo necesario para satisfacer las exigencias dignas de un "casi cuarentón responsable", un coche, Lola mi amada mascota que más que eso se convirtió en parte importante de mi familia; oficialmente la rescaté yo pero hoy creo que ella fue quien me rescató a mí.
Iba a viajar, vi decenas de videos tutoriales para armar el mejor itinerario para realizar el viaje de mis sueños, investigué, me informé y estaba dispuesto a comerme a Argentina de un bocado. Y sí, leyeron bien, dije "iba a viajar".
No quiero que suene a queja pero justo en el momento en el que iba a jalar el gatillo para subirme al avión directo al sur del continente la vida me cambió. Voy a ser papá.
Asustado hasta la médula como era de esperarse, algo en mi cambió. Mis prioridades cambiaron y estoy tratando de hacer lo mejor posible. De mi hijo ya les hablaré después, hoy quiero enfocarme en eso que cambió en mí y que aún no había logrado descifrar. Lo cierto es que es una fuerza interna pero externa que hace que me mueva, que todo el tiempo este pensando en soluciones, propuestas, métodos y formas.
Y justo una persona no ha dejado de estar rondando en mi mente: Don Miguel, "mi papá".
Conforme fuimos creciendo mis traumas y yo con intentos fallidos de terapia "aprendí" a vivir perdonando el abandono de "mi papá", o más bien justificándolo. Descubrí que justificar a "mi papá" era la estrategia que más paz me daba, me fui convirtiendo en adulto y cuando me tocó tomar decisiones bravas, complicadas de esas que te convierten muchas veces en el malo de la película "entendí" (justifiqué) que él tuvo sus razones para irse.
A partir de que me cayó el veinte de que estaba a nada de convertirme en papá de alguien que sin conocerlo ya me ha revolucionado la vida y me hace sentir el más profundo amor, a partir de que sentí esa fuerza indescriptible, todo cambió respecto a lo que yo pensaba de "mi papá". Hoy por más que intento no me cabe en la cabeza cómo alguien en sus cabales puede ser capaz de alejarse de su hijo, cómo es que alguien puede andar por ahí viviendo con cierta normalidad sabiendo que un hijo suyo esta lejos sin importarle si comió, bebió, vistió o enfermó. No lo entiendo y seguro estoy de que no lo voy a entender jamás.
En conclusión, debo reconocer que Don Miguel, "mi papá" sin intentarlo y sin darse cuenta a mis casi cuarenta años me ha dado la mayor lección en mi vida: darme cuenta del tipo de "hombre" en el que no me quiero convertir.
Quizás algún día pueda perdonar a Don Miguel, hoy no puedo a pesar de que juraba haberlo hecho, aunque cada día me convenzo más de que tal ves él nunca ha estado interesado en ese "perdón".